Envidia: ese avergonzado pecado que no nos abandona

Siento envidia.

Mucha.

La siento entrar por mis ojos o por mis oídos. Recorre mi cuerpo y a veces llega a mi panza en forma de hueco. De un sentimiento que me chinga. Un sentimiento de carencia.

La envidia se apodera de mí por segundos. La veo. La reconozco.

Y ya no me avergüenza”.

De naturaleza

La envidia nos acompaña desde siempre, quizá desde el vientre materno en donde, en caso de tener un gemelín: “ese cabezón se está pasando de listo con el espacio” hacemos que la panza de mamá se deforme por manotazos y piesazos.

De ahí hasta la ancianidad, en donde la competencia por todo nos hace voltear al otro y… ¿será eso…?

Todos podemos sentir envidia, es nuestra naturaleza carente.

La más negada

Pobre envidia, está envuelta de un halo espantoso de vergüenza porque ahí está, dentro de nosotros pero bien escondida porque “no, mijo, no seas envidioso, no digas eso de tu amiguito”. Y por alguna razón, de niños, la envidia es enemiga de la generosidad. “¡Te he dicho que no seas envidioso. Préstale tu juguete!”

Como debemos de ser buenos niños y buenas niñas se nos enseña que la envidia tiene que ser reprimida, escondida en el clóset de los secretos.

La envidia no se ve, pero se siente. La envidia se niega aunque se vive.

Un poco más grandes la envidia es opuesta al agradecimiento y, no, mijita, no hay que ser malagradecidas. Mira todo lo que sí tienes… ¡Esperen! En realidad, ¿una cosa cancela por completo, absolutamente la otra? Quizá por un momento, ese terrible espacio en el que sentimos la panza retorcerse. Sentimos envidia pero también podemos estar agradecidos, una cosa no quita lo otro, así de complejos somos los seres humanos. De maravillosamente complejos.

Help!

La envidia nace de la comparación y del sentimiento de “no tener”, de que “no hay para mí”. Entonces vamos por la vida peleando contra ella, –insisto– camuflándola, haciéndonos como que no sucede.

Pero sucede y la ahogamos. No vemos algo que podría ser un clarísimo indicio de nuestros miedos y carencias pero como nadie nos dijo que también en la oscuridad puede haber luz, nos la complicamos todita.

La envidia es un sentimiento tan humano que de alguna u otra manera está en nuestra naturaleza en algún punto de nuestras vidas (o durante toda ella, en diferentes variantes y a veces la etiquetamos como “de la buena” o “de la mala”).

Por eso yo no me avergüenzo de ella, es parte de quien soy y de eso que me duele. Sí, me duele lo que envidio. No lo niego pero tampoco me dejo arrastrar por ese dolor. No voy por la vida mirando a todos y deseando lo que ellos poseen pero si llega esa punzada que me alerta, mejor la observo: ¿Qué es lo que la está generando? ¿Qué tiene él que no tengo yo? Ah… ese logro que quisiera para mí le pertenece y por lo tanto, me siento mal. Es cierto, me siento mal. ¡Lo quiero para mí y no lo tengo! ¿Será que nunca me suceda a mí? ¡Pánico!

Ahí podría quedarse. En el “me siento mal y en el enojo”. En la frustración, en la victimización. Pero opto que no. Es mejor utilizar la envidia como si fueran unas gafas para mirarme con claridad, ver eso que realmente siento en la entraña.

La envidia me sincera, me contacta con mi propio ser, con mi dolor, con mi sentimiento de carencia. Entonces sí, puedo reconciliarme y reconocer que está bien que el otro no lo tenga y yo lo desee, sin apego, sin enojo, sólo reconociéndolo.

¿Y qué creen que sucede? Que se va, como una nube el cielo. Se va.

Así que la siguiente ocasión en que comiences a ponerte verde de envidia, déjate teñir por completo pero a solas, frente a un espejo y mira ahí lo que hay. Míralo con compasión y sin juicio. Con amor. Poco a poco volverás a tu color con una mayor idea de ti mismo. En una de esas en un tris hasta el espejo te devuelve una mirada en paz. Porque al fin ves todo lo que sí tienes y te alistas para ver todo eso que deseas.

Por Cris Mendoza
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EDICIÓN #YoPeco

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